Capítulo 113: Ha Vuelto.

Josefa avanzó por la calle irreconocible. Llevaba una peluca de rizos pelirrojos, un maquillaje muy recargado, y un vestido de flores que en su vida se hubiese puesto. Caminaba a buen ritmo, segura de sí misma, aparentando ser una persona distinta, más joven, más alegre y colorida. Cuando llegó al portal de su edificio sacó las llaves de un bolso granate, que iba a juego de los zapatos con plataforma del mismo color, y se perdió en la penumbra.

El reloj marcaba casi mediodía, una hora a la que ella sabía que no encontraría mucha gente entrando o saliendo de sus casas.
Subió por las escaleras, como era su costumbre y cuando llegó a su rellano se quedó un instante escuchando los ruidos del edificio.
Revisó la puerta de su casa, que parecía intacta, en busca de indicios de manipulación. No encontró nada extraño. Justo cuando iba a introducir la llave en la cerradura escuchó el ruido de la mirilla de la vecina de enfrente. La cotilla de Maripaz le ponía enferma. Siempre escuchando y cotilleando a todo el que subía o bajaba por las escaleras.

Dispuesta a acabar con aquella molesta señora mayor, que se entrometía en todo, y que podía delatar su presencia, se dio media vuelta y llamó al timbre de la puerta vecina.
La señora Maripaz abrió enseguida, asomando solo un poco la cabeza, siempre desconfiada.
—¿Quién es usted? —preguntó al ver a la señora pelirroja en su felpudo.
—¿No me reconoces? —dijo Josefa afinando la voz y dándole un tono distinto al suyo.
—Pues ahora no caigo…Espere, ¿Eres la hija de Josefa? —preguntó ingenua.
—¡Claroooo!. Ya sé que hace mucho que no nos vemos, pero mira que no acordarse…—sonrió fingida la Josefa disfrazada.
—Estás muy cambiada de la última vez que te vi —dijo la vecina abriendo más la puerta, con algo de confianza.
—Bueno, tuve un accidente, como ya sabrá, y me han tenido que hacer varias operaciones de estética.
—¿Y tu madre?. Hace bastante tiempo que no la veo.
—Uy, pues está viajando mucho con el “Imserso”. No vea usted lo aventurera que está.
—Que aproveche, di que sí. Cuando la veas le das recuerdos de mi parte.
—Uy, pues por eso venía también. Mire me ha mandado este mensaje para usted.
Josefa abrió el bolso haciendo como que iba a sacar algo para la señora Maripaz. La vecina, intrigada por el mensaje, se acercó hacia el bolso de Josefa, tratando de ver que estaba buscando en su interior.
Justo en el instante que más cerca la tenía, Josefa sacó un cuchillo de veinticuatro centímetros del bolso y sonrió con gesto demoníaco, mientras miraba a la anciana vecina.

Sin que ésta pudiese reaccionar a tiempo hundió el cuchillo en el interior de su estómago, atravesando sus entrañas hasta la profundidad máxima que dio de sí el cuchillo. En un rápido movimiento, más propio de un ninja que de una señora de su edad, sacó el cuchillo y lo volvió a hundir al instante en el estómago de la vecina. Dos cuchilladas, tres, cuatro. La vecina estaba petrificada con una mueca de terror en la cara, y no parecía darse cuenta de como la sangre empezaba a brotar a borbotones inundando todo el descansillo.
Josefa, fuera de sí, convertida en un animal rabioso, siguió acuchillando a la anciana en la cara, en el pecho y por todos los sitios que pilló. Sólo paró cuando la pobre mujer se desplomó en el suelo como un saco de patatas, cubierta de sangre. Ni siquiera gritó.

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