Capítulo 101: Visita Express a Barakaldo.

Aguirre llevaba una semana atascado en la investigación cuando decidió seguir su instinto y plantarse en Barakaldo. Llevaba días tratando de hablar con la madre superiora del convento de las Dominicas sin éxito. Unas veces estaba reunida, otras había salido y algunas menos estaba rezando. Todas las excusas del mundo servían para no ponerse al teléfono ninguna de las veces que llamaba. Convencido de que algo ocultaba, decidió pasar a la fase tres de su plan.

Mientras el avión de Madrid a Bilbao aterrizaba en el aeropuerto de Loiu, repasaba lo que anotó en el primer momento de la muerte de la monja asesinada. La madre superiora no estaba contando la verdad, y por alguna extraña razón cubrió a Josefa cuando la pilló desprevenida, al preguntarle por su anterior visita al convento.

Josu llamó al timbre del convento y cuando la monja portera bajó a abrirle su cara fue un poema. El gesto de estar viendo al mismísimo demonio quedó retratado en la hermana recepcionista sin disimulo alguno. El gesto se mantuvo todo el tiempo que Aguirre trató de convencerla de que había concertado una cita con la madre superiora. Lo dejó en la calle un buen rato mientras consultaba si la jefa de todas ellas se encontraba en el convento, y por fin le dejaron pasar.

Cuando entró en el despacho de la madre superiora esta se encontraba de espaldas mirando por el amplio ventanal. Sin siquiera volverse para recibirlo dijo:
—No esperaba su visita por aquí. ¿Qué se le ha perdido en ese humilde convento señor agente?.
—Inspector, si no le importa.
—Lo que usted quiera señor inspector —dijo la monja girándose por fin hacia él.
Aguirre tomó asiento sin pedir permiso y la monja hizo ademán de invitarle a sentarse, a pesar de que ya lo estaba.
—La última vez que estuve con usted no tenía mucha información que ofrecerme sobre Josefa Bengoetxea.
—Así es. Y sigo igual.
—En cambio yo creo que si la tiene, pero no me la quiere ofrecer.
—Vaya al grano, por favor. No tengo todo el día —contestó la monja con impertinencia.
—Podría acusarla a usted de cómplice en el robo de la hija de Josefa Bengoetxea, pero todo dependerá de la información que me ofrezca.
La madre superiora no se alteró lo más mínimo ante la afirmación de Aguirre. Le miró durante unos segundos con cara de pocos amigos antes de contestar.
—Para acusar a alguien de algo así es necesario tener pruebas.
Fue en ese momento que Aguirre sacó el expediente de adopción de Ana y lo puso sobre la mesa.
—Si usted quiere puede echar un vistazo a los papeles donde aparecen los nombres de varias monjas de este convento, junto al suyo.
La monja quedó horrorizada y se puso blanca como una pared recién encalada.
—Esos papeles sólo pueden estar en manos de los padres adoptivos.
—Y de la policía que investiga un asesinato —corrigió Aguirre sonriendo con sorna.
—Si ya tiene todos los datos no sé que más necesita.
—¿De verdad quiere usted que la acuse de cómplice de tráfico de personas y de asesinato? —insistió Aguirre.
—No tiene pruebas suficientes para hacer eso. Eso es muy grave.
—Póngame a prueba —dijo Aguirre retándole—. Yo creo que es más inteligente que me de la información que busco y me pierda de vista.
—Está bien. Dígame que quiere saber y colaboraré si me garantiza que saldré limpia de esto.
—Todo dependerá de usted…—sonrió Aguirre mientras se acomodaba de nuevo en el asiento.

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