Capítulo 98: El Cumpleaños de Marta.

El sábado amaneció con el cielo madrileño despejado de nubes. Todavía no apretaba mucho el calor al mediodía, pero parecía que aquel sería un buen día.
Marta abrió los ojos cuando empezó a oír la canción de “feliz, feliz en tu día” de “Los payasos de la tele”. Aquella canción de Gaby, Fofó, Miliki y Fofito era como volver a cumplir seis años, la nostalgia de su infancia se apoderaba por completo de ella.

Acto seguido irrumpieron sus hijos en la habitación como dos cebras en estampida, a toda velocidad. Saltaron sobre la cama y se la comieron a besos, gritando y saltando, poseídos por la alegría de celebrar el cumpleaños de su madre. Marta se incorporó en la cama y desde la puerta sonreía Deyan con una bandeja en la que le llevaban el desayuno a la cama. Era tradición familiar abrir los regalos en la cama y desayunar los cuatro juntos. Los gemelos estaban contentísimos con la tradición y disfrutaron con las reacciones de Marta a cada regalo, aplaudiendo como locos.

Marta no se levantó muy católica aquella mañana. A pesar de que estaba contenta e ilusionada por la emoción de sus hijos, ella no se sentía muy bien. Durante la noche no pudo dormir mucho. Sentía nervios en el estómago que le impedían pegar ojo, y algunas náuseas estuvieron a punto de levantarle en mitad de la madrugada. Las náuseas desembocaron en vómito en cuanto se levantó por fin de la cama. Se dio una ducha y pareció sentirse algo más aliviada.

El plan de cumpleaños para Marta era ir a comer con Deyan y los gemelos al mediodía y una merienda familiar por la tarde.
Deyan se llevó a los niños a la clase de natación que tenían programadas todos los sábados por la mañana. Un pequeño paréntesis en el que Marta esperaba poder descansar y ponerse a punto para el resto del día.

Ana fue la primera en llamarle nada más terminar de desayunar. Tuvieron una charla agradable y su hermano Antonio fue el siguiente en recibir el testigo para felicitarle. Quedaron en verse por la tarde.

Mientras Marta se arreglaba el teléfono no paraba de sonar: algunas amigas, sus suegros, algún ex compañero de trabajo…
Feliz por sentirse arropada por su familia en su día especial decidió aparcar sus pensamientos y preocupaciones, y tratar de disfrutar de la jornada. La promesa a sí misma le duró poco, porque al final los pensamientos sobre las amenazas de Josefa o la angustia de sentirse poco útil sin trabajo regresaban sin permiso, y sin darle tregua.
“Tienes que disfrutar del día” se repetía una y otra vez. “Todo va a ir bien” trataba de convencerse. Aquellos ratos a solas eran los que más le costaba alejar a los fantasmas de su mente.

El reloj marcaba la una del mediodía y su marido volvió a casa con los críos. Mientras los gemelos se atropellaban explicándole como habían aprendido a nadar con los brazos en forma de “mariposa”, terminó de arreglarse para la comida que iban a hacer en un restaurante cercano.
—Tenéis que portaros muy bien, es un sitio muy elegante y serio —advirtió Marta a sus hijos mientras se terminaban de vestir.
Ambos, con la misma camisa y las manitas agarradas delante del espejo asentían con la cabeza, asegurando a su madre que se iban a portar de maravilla. Terminaron de peinarse y bajaron todos juntos a la calle. El gran día de Marta daba comienzo.

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