Capítulo 94: De Calvos y Trastornos.

“La ocasión la pintan calva”, pensó Josu Aguirre cuando se despidió de Antonio, después de su desayuno express, y que éste le confirmase que aquella mañana no visitaría a Ana en el hospital.

Cogió el primer taxi que pasaba por la avenida y fue directo allí. Quería hablar con Ana con tranquilidad, profundizar en el capítulo de la depresión de su madre, sin la presencia de Antonio. Ya había confirmado que Ana pasaba de manera muy superficial por aquella historia cuando su marido estaba presente. Ahora quería comprobar si esto cambiaba cuando estuviesen a solas.
Cuando llamó a la puerta de la habitación de Ana nadie respondió. Volvió a llamar y tampoco hubo más respuesta que silencio.
Una enfermera que pasaba le preguntó a quien buscaba. Le confirmó el nombre de Ana Díaz Bengoetxea, y la enfermera pareció confiar al instante informándole de que llegaría en diez minutos, que estaba en rehabilitación.

La espera fue corta, porque Ana apareció en compañía de un celador, que guiaba su silla, antes de los diez minutos que le habían indicado.
Ana se sorprendió al ver al inspector en el pasillo:
—No sabía que vendría a verme hoy.
—Ha sido una idea repentina. Me he pasado a ver si tenía un ratito para charlar conmigo.
—Uf, me pilla muy ocupada —sonrió Ana mientras miraba su muñeca haciendo como que consultaba un reloj que no llevaba.
El celador acomodó a Ana en la cama y Aguirre se quedó en la puerta, a la espera de que éste saliera.
—Pase, pase, no se quede ahí —confirmó Ana al policía.
Aguirre se acomodó en la butaca que había junto a la cama y sacó su libreta fiel.
—Me gustaría hablar con usted del episodio de depresión de su madre —dijo Josu sin rodeos.
—Ya le conté el otro día todo lo que sucedió con aquel episodio —protestó Ana.
—Sí, pero me gustaría conocer algunos detalles más. Me dio la sensación de que no se sentía muy cómoda en presencia de su marido.
—La verdad es que eso es cierto. No le conté nada en su momento por vergüenza y me sentí muy mal el otro día por ello.
—No se preocupe, ahora que estamos solos puede estar tranquila de que todo quedará entre usted y yo.
—Le agradezco mucho su discreción —dijo Ana mientras sus mejillas se ruborizaban de manera involuntaria.
—Me gustaría saber cual fue el diagnóstico de su madre en aquella ocasión.
—Bueno, eso lo sabrá mejor su médico.
—¿Y usted no lo sabe? —dijo sorprendido Aguirre.
—Sí, aunque no profundicé demasiado cuando me lo explicaron en la consulta, porque me pone muy nerviosa estas cosas y me vuelvo hipocondríaca.
—Entonces, ¿Cuál fue el diagnóstico de su madre?.
—A Josefa le diagnosticaron esquizofrenia —dijo Ana con un hilo de voz. Como no queriendo decirlo.
—¿De algún tipo en concreto? —preguntó Aguirre dando a entender que estaba puesto en la materia.
—Sí, el médico dijo que tenía Síndrome de Capgras.
—¿Y le explicó en que consistía?.
—Bueno, no lo recuerdo muy bien. Es una especie de trastorno en el cual el enfermo tiene problemas para identificar a otras personas. Una especie de paranoia que le hace pensar que alguien de su familia ha sido reemplazado por un impostor.
Aguirre anotó todo lo que Ana le iba contando sin dejarse una coma. Mientras escribía, sus pensamientos ya se veían buscando en Google todo lo relativo a aquel síndrome.
—¿Quizás por eso la tomó con Antonio?.
—No lo sé, señor inspector. No quise darle mucha importancia en aquel momento. Me daba mucho vértigo todo aquello, y preferí guiarme por el médico…

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