Capítulo 82: Josu en Acción.

Josu Aguirre llegó a la habitación de la pensión en la que estaba alojado bien entrada la noche. Después de la entrevista con Antonio, que le había llevado muchas horas, había vuelto a pasar por la casa de Josefa. Esta vez no había subido al piso, ni siquiera había entrado al portal. Se había quedado un buen rato observando el edificio desde la acera de enfrente. Nada hacía sospechar que hubiese alguien en el interior. Durante el tiempo que estuvo observando ninguna luz iluminó las ventanas, ni hubo movimiento en las cortinas. Josu se preguntaba donde habría escapado aquella mujer, y que oscuro secreto la había llevado a hacer aquellas cosas de las que le acusaba su yerno.

Cuando entró en la habitación la cama estaba hecha al detalle. No había ni una arruga en las sábanas, todo estaba en orden alrededor. Su pequeña maleta seguía tal y como la había dejado él, junto a la mesilla, pero algo llamó la atención del inspector.
Sobre el escritorio que había junto a la ventana había una pequeña caja dorada con una nota escrita a mano encima. Se acercó extrañado, pues no estaba cuando había llegado a la habitación, y leyó el mensaje:
Bienvenido a nuestro alojamiento. Esperamos que se sienta como en su propia casa. Nos tiene disponibles para cualquier cosa que necesite. No dude en acudir a recepción las 24 horas del día.
La nota venía firmada por el director de la pensión y en el interior de la cajita habían dos bombones de nestlé, envueltos en celofán rojo.
Josu apartó la caja pensando en lo cursi que le resultaban aquel tipo de cosas y apoyó la carpeta que le había dado Antonio, con los papeles de la adopción de Ana, y su libreta de interrogatorios.
Se quitó la ropa y la dejó echa una bola, sin ningún tipo de cuidado, sobre la silla del escritorio. Abrió el agua de la ducha y puso la mano para comprobar la temperatura. Justo cuando se disponía a ducharse alguien llamó a la puerta. Se acercó y sin abrir preguntó por quien llamaba.
Un voz femenina ofreció el servicio de habitaciones y Josu la rechazó sin siquiera abrir la puerta, aunque dando las gracias con educación.
Decidió que al día siguiente pediría máxima intimidad en la habitación. No quería que nadie le molestase mientras estaba dentro, y tampoco que nadie entrase mientras estaba ausente. Ni siquiera que le hiciesen la habitación. Manías de policía que había ido cultivando con el paso de los años.
Después de la ducha abrió una botella de agua y desparramó todos los papeles del expediente de adopción sobre la cama. Con su libreta en la mano fue observando todos y cada uno de los papeles con mucha atención. Cada nombre que aparecía era anotado con cuidado. Entre folio y folio paraba a darle un trago al agua de la botella, sin vaso, y picaba unos cacahuetes que había comprado en un supermercado cercano.
Tras la reunión con Antonio, y viendo toda la información que iba encontrando en los papeles de Ana, asumió que aquella investigación iba a ser larga. Lejos de desanimarle la adrenalina lo mantuvo despierto a pesar del cansancio. El reloj de su muñeca marcaba casi las 4 de la mañana cuando recogió los papeles y los trasladó al escritorio. Se tumbó sobre la cama, sin siquiera abrirla, y se durmió en menos de veinte segundos. Su sueños le llevaron a recrear la historia contada por Antonio, como si él mismo fuese el protagonista…

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