Capítulo 77: La Amenaza.

—Fui sólo, tal y cómo le estoy contando.
—De acuerdo, continúe —dijo Aguirre sin levantar la vista de sus apuntes.
—Cuando llegué aquella noche a casa, después del descubrimiento en el piso de Josefa, me esperaba otra sorpresa en el buzón.

Alguien anónimo me había escrito una carta sin remite, ni marcas de franqueo de ningún tipo. En la carta me decía que era alguien muy cercano a mí que quería ayudarme, que estaba al corriente de las fechorías de Josefa y que debía tener cuidado con ella, pues era más peligrosa de lo que aparentaba. No se me ocurre quien puede ser, porque toda esta historia sólo la conocía mi familia cuando sucedió.
La carta relataba la historia de como Josefa no era la verdadera madre de Ana, que la habían adoptado de recién nacida. También relataba que el proceso de adopción había sido bastante oscuro, ya que las monjas Dominícas de Barakaldo la había ayudado, y que en realidad la niña había sido comprada. Con todo tipo de detalles explicaba como el padre había estado en contra de aquello, y como Josefa montó todo para que pareciese un embarazo real. El final de la carta daba a entender que el padre verdadero de Ana descubrió la verdad y Josefa se lo quitó de encima cuando trató de contactarle. También se despedía diciendo que me daría más información más adelante. Imagínese como me quedé al recibir toda aquella información.
No podía dormir, no podía digerir todo aquello, y ya estaba tan desbordado que decidí ir a casa de Josefa a pedirle explicaciones de todo aquello.
De camino a su casa me llamaron del hospital, que había novedades sobre el estado de Ana, y que querían verme lo antes posible. Seguido me llamaron del trabajo, que también querían hablar conmigo, y ya cuando estaba a punto de llegar a casa de mi suegra me llamó ella misma desde el hospital, diciendo que quería hablar conmigo. Todos tenían algo que decirme.
Di media vuelta y me dirigí al hospital. Primero hablé con la Doctora de Ana, que quería probar una técnica para despertarla del coma, de un médico estadounidense. Me llené de ilusión y cogí fuerzas para enfrentarme a Josefa. Cuando nos encontramos en la habitación de mi mujer la conversación apenas fluía y decidimos bajar a la cafetería a tomar algo y charlar. Fue Josefa la que abordó la conversación diciendo que sentía que me comportaba de manera muy fría con ella, que ya me había pedido perdón por el incidente con la taza, que estaba realmente interesada en normalizar nuestra relación.
Yo le dije que como pretendía normalizar la relación, si después de amenazarme había desaparecido sin dar explicaciones y se comportaba de manera rara. También le dije que no me creía que hubiera ido a Barakaldo, pero insistió mucho en que era verdad, que había ido a ver a familiares allí. Reconoció que no estuvo bien marcharse sin dar explicaciones, pero que iba a tratar de arreglar las cosas conmigo y que le diera tiempo.
Y justo después de decirme eso, y poner rumbo a la habitación de Ana de nuevo, sucedió lo que me hizo decidir que tenía que poner todo este asunto en manos de la policía.
Me amenazó con un gran cuchillo en el hueco de las escaleras del mismo hospital. Me tiró al suelo y me lo puso en el cuello diciéndome:

—¡No me vas a quitar a mi hija! ¡Sé quien eres cabrón, y sé lo que quieres!….

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