Capítulo 75: Aquellos Extraños Sucesos.

Tuve que marchar a urgencias sin el móvil, porque no lo encontré antes de irme. Me puse muy nervioso de no poder avisar a Ana y decidí dejar una nota en la cocina por si llegaba de trabajar y yo aún no había vuelto del hospital. En esos sitios sabes cuando entras, pero nunca cuando sales.

El final de aquella mañana ya lo conoce usted. Ana tuvo en accidente cuando venía a buscarme a urgencias después de encontrar la nota sobre la mesa de la cocina.
Las malditas cinco horas que estuve en urgencias fueron las que hicieron que Ana saliese corriendo a buscarme. No supe prever lo nerviosa que le ponían aquellas situaciones y mire ahora lo que tengo.
Los siguientes días fueron horribles. Todo el mundo que conocemos en el barrio sabía lo que había pasado en el semáforo de la avenida, y todos querían saber como se encontraba Ana.
Josefa apareció en el hospital en cuanto se enteró de lo sucedido y su actitud hacia mí no tenía nada que ver con el arrebato de rabia que había tenido aquella misma mañana. Me pidió disculpas, se mostró arrepentida y yo decidí creerla…
Luego vino el insomnio que aún me dura por la preocupación. Llegaba agotado del hospital, pero en mitad de la noche me despertaba y ya no conseguía volver a dormirme, no paraba de darle vueltas a todo. Una de aquellas noches llovía mucho y cuando me asomé al balcón para ver como caía me pareció ver a Josefa escondida entre dos coches. Todavía hoy no estoy seguro de si lo soñé o lo vi de verdad, pero más bien creo que fue cierto. A la mañana siguiente, y por arte de magia, mi móvil perdido apareció debajo del sofá del salón. En aquel momento no supe que Josefa me lo había robado, pero luego descubrí por qué había sido ella. Tengo pruebas.
Aún quedaban muchas sorpresas pendientes y una de ellas fue que Ana estaba embarazada. Fue una buena noticia, aunque no lo esperaba y al principio me lo tomé bastante mal. Justo coincidió en fecha con mi insomnio, la falta de mejoría de Ana y problemas de estómago que me hacía tener que correr al baño con fuertes dolores. Todo estaba mal y cada vez empeoraba más. Decidí no contarle nada a Josefa del embarazo y creo que sigue sin saberlo. Me sentía rabioso hacia ella cada vez que me veía la gran herida del brazo.
Una de las noches empecé a ver que algo raro estaba sucediendo. Me puse a limpiar la casa y descubrí unas huellas en la entrada del baño, como de barro. Comprobé que eran huellas pequeñas, así que mías no eran. Y los zapatos de Ana eran todos algo más grandes que aquellas marcas. Saqué fotos de las huellas y el miedo se apoderó de mi pensando en que alguien había entrado en casa, o que me estaba volviendo loco del todo.
Nervioso y sobrepasado por todo aquello decidí confesar a mi familia lo que había pasado con Josefa y darles la noticia de que Ana estaba embarazada. La que se formó fue buena, pero me ofrecieron ayuda en todo lo que necesité. Todos querían enfrentarse a mi suegra, pero yo los frené tratando de convencerme de que el accidente aislado sería sólo eso, y que su conducta había vuelto a ser normal desde el accidente.
A la mañana siguiente Josefa no apareció por el hospital, ni al día siguiente tampoco. Fue entonces cuando mi hermana y yo decidimos que si seguía sin aparecer denunciaríamos su desaparición en la policía…

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