Capítulo 74: Reflexiones En Voz Alta.

En aquella conversación entre mi suegra y yo cambió mi percepción de la Josefa encantadora a la Josefa real, muy oscura y antipática. Dejé de verla con los ojos de la dulzura a los que me tenía acostumbrado. Y a pesar de que ella seguía comportándose con mucha educación, delicadeza y simpatía, yo veía sus verdaderos ojos mirándome con desconfianza y desaprobación. En aquella conversación me dijo que yo no era el tipo de marido que quería para su hija. Que ella había trabajado desde joven para dar a su hija los mejores estudios y convertirla en alguien de éxito y gran fortuna. Dijo que un basurero era indigno para su hija, que su yerno tenía que aspirar a una carrera profesional a la altura de sus expectativas y que haría lo posible para que así fuese.

A mi me pilló completamente desprevenido y no supe reaccionar a aquello, ni la que me venía encima.
Nos casamos y todo siguió como si nada. Josefa me trataba bien y se interesaba por mí. Traté de pasar página y seguir adelante, pensando que quizás fue un calentón porque no me conocía mucho por aquella época.
Mi relación con ella continuó mejorando y de vez en cuando venía a tomar café a mi casa cuando estaba Ana, y otras veces, como las del turno de tarde, también pasaba antes de ir a la compra. Charlábamos del tiempo, de la familia, de los quehaceres diarios, en fin, de todo…
Aquella mañana entró en casa y yo sentí el mal rollo en su presencia. Le puse café y criticó como teníamos la cocina y que yo la recibiese en pijama. Continuó con que estaba harta de que yo siguiese con aquel trabajo y que tenía que buscar algo mejor o tomaría cartas en el asunto. Me amenazó con decirle a Ana que yo estaba con otra mujer si no buscaba otro trabajo.
Ahí ya me cabreó de tal manera que la mandé a la mierda. Podía aguantar sus críticas o algunos comentarios mal intencionados sobre darle descendencia, pero no podía tolerar que contase mentiras y que me chantajease.
Su reacción a mi contestación no me la esperaba y volvió a pillarme desprevenido como siempre conseguía. Parecía que estaba poseída y me lanzó la taza del café cuando le sonreí tratando de calmar su mal humor.
La taza iba directa a mi cara, pero puse el brazo por instinto y me hizo un corte bastante grande, aparte de abrasarme con el calor del propio líquido.
Roto de dolor y asustado de que aquello estuviese pasando de verdad me quedé paralizado. Se acercó a mi y me dijo que aquello era un primer aviso, que como se lo dijese a Ana me mataría. Todavía lo recuerdo como si fuese ayer.
Salió corriendo de mi casa y yo tuve que irme al hospital porque no podía parar la hemorragia.
Mientras esperaba en urgencias a que me atendiesen quise convencerme a mi mismo de que aquello no podía ser cierto. Pero también supe que si se lo contaba a Ana no me creería. Su madre era maravillosa, incapaz de hacer algo así, una buena persona….A la que nadie conocía de verdad.
Cuando me preguntaron en urgencias como me había hecho aquel corte mentí diciendo que había sido un accidente doméstico sin importancia. El médico me dijo que tenía importancia, porque hasta necesitaba puntos, pero tampoco fue mucho más allá de mi explicación.
La siguiente mentira me la hice a mi mismo, pensando que aquello había sido un accidente aislado y que era mejor callarlo… Qué tonto fui, joder…

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