Capítulo 67: El Secreto de Adela.

Aquella mañana Adela y Miguel se entretuvieron un rato más en el desayuno charlando sobre los acontecimientos familiares de los últimos días. Adela confesó a su marido que había sufrido mucho durante la estancia de Marta en Barakaldo, y que se sentía más tranquila sabiendo que ahora sería la policía la encargada de llevar todo aquel rollo con Josefa.

Miguel también aprovechó la sinceridad de Adela para contar que se sentía igual. Había pasado mucha angustia por Marta y seguía preocupado por la integridad de Antonio. Ambos esperaban que la policía encontrase pronto a aquella mujer tan agresiva, y que durante tantos años les había parecido todo lo contrario, y que la detuviesen por todo lo que estaba haciendo a sus hijos.
—A veces me gustaría ser menos miedosa y salir a buscar a esa hija de puta —confesó Adela mientras terminaba de recoger las tazas del desayuno.
—Yo también pienso en eso todo el tiempo —contestó Miguel—. Pero pensando en frío es mejor no tomarnos la justicia por nuestra mano. Lo único que nos puede traer es problemas.
El plan para aquella jornada era la huerta para Miguel y el mercado para Adela. Por la tarde irían a visitar a Ana al hospital y verían a Antonio, porque querían estar bien cerca de los dos.
Mientras Miguel se duchaba Adela le preparó un envase con algo de comida para que almorzara en la huerta. Pancho la vigilaba sentado junto a ella, esperando a que cayera algo de lo que estaba preparando. Miguel nunca le dejaba darle nada de su comida, pero a ella aquella carita del perro la derretía, y siempre acababa dándole algo.
Tomó un trocito de pan untado en carne con salsa y se lo ofreció a Pancho con una sonrisa.
—¿Cuántas veces te tengo que decir que no le des de nuestra comida? —Dijo Miguel desde la puerta de la cocina.
—¡Ay que susto me has dado! Te hacía ya en la ducha —contestó Adela asustada mientras se giraba— ¿Pero que haces así?.
—Pues voy a la ducha —le contestó Miguel riéndose desde el quicio de la puerta mientras hacía como que bailaba— ¿Quieres bañarte conmigo? —dijo con tono pícaro.
—No, ¡marrano! y ponte algo de ropa, que te vas a enfriar —dijo Adela aguantándose la risa.
Mientras Miguel se duchaba por fin, Adela terminó de preparar la comida y la introdujo en la mochila que siempre llevaba su marido a la huerta.
Al meter el envase grande notó que algo abultaba en el fondo, cubierto por unas bolsas. Apartó los plásticos y lo que encontró la dejó de piedra.
En el fondo de la mochila había una cámara de fotos, un plano de una cantera de un pueblo de las afueras de Madrid, una libreta con teléfonos y lo que parecían moldes de galletas con forma de letra M.
Adela trató de encender la cámara de fotos mientras los nervios de pensar que su marido la engañaba se le apoderaban. Estaba claro que aquellos instrumentos no eran para la huerta.
Cuando consiguió encender la cámara ésta emitió un pitido que la puso en guardia. Se asomó al pasillo y escuchó el ruido de la ducha. Miguel seguía en el baño, así que iba a tratar de ver que contenía aquella cámara de fotos.
La primera foto era el escaparate de un local, que no le sonaba en absoluto. La segunda parecía una cocina industrial bastante grande y la tercera era una foto de Deyan sonriendo en aquella cocina, vestido con la ropa del trabajo.
Justo se disponía a ver la siguiente foto cuando Miguel apareció en la cocina.
—¿Qué estás haciendo?…

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