Capítulo 62: Todos en Vela.

“Siento haberme puesto hoy así. Tu hermana me ha ayudado a entender que no era fácil darme esta información. Me gustaría que vuelvas y hablemos, pero te pido un día para asimilar todo lo que me has contado. Mañana por la noche te llamaré, mientras tanto descansa tranquilo. Voy a estar bien y quiero que tú también lo estés. Te Quiero!”

Antonio se metió en la cama leyendo de nuevo el mensaje que acababa de recibir de Ana. No sabía si contestarle o no, y mientras lo releía una y otra vez decidió ser breve diciéndole que agradecía su mensaje y que le quería. Trató de dormir, intentando estar tranquilo como le decía Ana en el mensaje, pero no le venía el sueño, estaba muy despejado.

Ana dejó el móvil sobre la mesilla y trató de aguantar las lágrimas hundiendo la cara en la almohada de aquella cama hospitalaria. No funcionó y lloró en silencio la desesperación del engaño que sentía que había sido toda su vida. Antes de escribir a Antonio había tratado de llamar de nuevo a su madre, buscando explicaciones en primera persona, pero el mensaje de apagado o fuera de cobertura seguía siendo la única respuesta. Leyó una y otra vez la carta de Antonio, punto por punto, letra a letra, tratando de entender y asimilar aquellos sucesos que la desgarraban con cada frase.

Marta se abrazó a Deyan buscando el calor de su marido, que tanto había echado de menos en su huída convertida en persecución. Su marido roncaba hacía rato y mientras miraba la luz tenue de la noche, que se colaba por la ventana pensó en todo lo sucedido en los últimos días. Los gemelos dormían en la habitación contigua y la respiración acompasada de Deyan en la cama la hicieron sentir tranquila a pesar de todo. La sensación de vacío se mezclaba con el calor humano que sentía de su familia querida.

Josu Aguirre dejó que el agua caliente de la ducha aliviara la tensión del cuello y la espalda tras un duro día de trabajo. Quieto contra la pared de la ducha miraba al suelo mientras el agua se precipitaba por todo su cuerpo. Los pensamientos que se mezclaban en su cerebro sin respuesta ni sentido alguno no le dejaban en paz. El interrogatorio a la Madre Superiora del convento no había resultado muy fructífero, pero estaba claro que algo ocultaba sobre Josefa. Sentía entre sus dedos la punta del hilo que unía a Josefa con las Dominicas de Barakaldo, y sólo tenía ganas de tirar y ver que salía de todo aquello.

Antonio sintió un ruido en el pasillo que le puso en tensión al instante. Su primer pensamiento fue que alguien había entrado en el piso y trató de agudizar el oído sin mover ni un músculo. No se repitió pero decidió levantarse dispuesto a enfrentarse a quien fuera. Agarró una figura africana decorativa de la mesilla a modo de arma y abrió la puerta con cuidado. Sacó la cabeza despacio y trató de ver algo en la penumbra del pasillo. No había nadie.
Recorrió la casa acojonado y paranoico, pensando que su suegra había vuelto para matarlo. Registró cada rincón del piso, pero no había nada ni nadie.
El miedo se estaba apoderando de él, y no podía dormir, así que salió a fumar al balcón, esta vez con el pantalón del pijama puesto. El frescor de la noche le sentó bien.

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