Capítulo 57: Los Ramos de Margaritas.

Deyan y los gemelos esperaban impacientes la llegada del autobús que traía a Marta de vuelta a casa. La aventura en Barakaldo por fin había terminado y toda la familia estaba deseando verse de nuevo. Los gemelos jugueteaban con dos pequeños ramos de margaritas, que les había comprado su padre, para que le regalaran a su madre.

El autobús llegó puntual a la dársena de la estación de Puerta de América y Marta estaba cada vez más nerviosa. Su aventura le había inyectado un buen chute de adrenalina, pero ahora estaba amenazada por Josefa igual que su hermano, y eso le daba mucho miedo. Su escapada también le había servido para darse cuenta de que su familia era su máximo apoyo y se sentía confundida por sus agobios mentales. A partir de ahora trabajaría con esfuerzo y tenacidad en recuperarse, se sentía con energía para afrontar sus problemas. Dejar de lamentarse era un paso importante y valorar que su familia le apoyaba, le entendía y cuidaría de ella le hacía recobrar cierta estabilidad.
Los gemelos la vieron bajar del autobús y se pusieron tan nerviosos que empezaron a aplaudir sin soltar los ramos de margaritas. El espectáculo de flores voladoras hizo sonreír a toda la gente de alrededor. Marta se fundió en un abrazo con los tres mientras se emocionaba sin poder reprimir las lágrimas.
—Qué alegría volver a veros —dijo mientras Deyan la besaba con ternura y los gemelos seguían agarrados a sus piernas.
—Te hemos echado mucho de menos —respondieron los gemelos al unísono.
—Promete que no volverás a marcharte, por favor —dijo Deyan mirándole a los ojos como si hubiese vuelto de la guerra.
—Os lo prometo —confesó Marta mientras recogía lo que quedaba de las flores.
Marcharon a casa como una familia feliz que por fin estaba de nuevo unida. Aquella noche Adela y Miguel habían organizado una cena con todos en su casa, incluido Antonio.
Era de máxima urgencia que se reunieran para ponerse al día sobre los últimos acontecimientos y decidiesen que iban a hacer después de lo sucedido.

Antonio llamó al timbre de casa de sus padres y de nuevo sonrió al escuchar a los gemelos llegar al trote a recibir a su tío favorito.
Marta corrió a abrazar a su hermano en cuanto le oyó entrar por la puerta. Aquel momento era muy esperado y después de lo sucedido necesitaba darle la enhorabuena por el despertar de Ana y sentirlo bien cerca.
Antonio no pudo reprimir las lágrimas al ver a su hermana, la quería con locura, y había sentido mucho miedo por ella mientras perseguía a Josefa por Barakaldo.
—Menos mal que estás entera —dijo al oido de Marta sin soltarla.
—¡Y tu hermanito, y tú!. Que feliz me hace saber que Ana está de nuevo despierta. Pensaba que nunca iba a llegar este día. ¿Cómo está?
—Pues está muy débil y apenas recuerda cosas por la amnesia, pero de ti se acordó enseguida. Ya me ha dicho que vayas a verla en cuanto puedas.
—¡Mañana mismo! —contestó Marta entusiasmada.
Adela les hizo pasar hacia el salón y durante aquella velada Antonio volvió a sentir que el rumbo de su vida parecía volver a encauzarse poco a poco.
Cenaron todos entre risas y buenos alimentos, mientras nadie se atrevía a sacar el tema que los había reunido en torno a aquella mesa. Fue Antonio el que decidió dar el primer paso con los postres.
—Ana me ha preguntado dos veces por su madre desde que despertó —soltó cambiando el gesto.
Todos quedaron serios en aquel instante.
—¿Qué vamos a hacer? —dijo Adela con gesto de preocupación.
—La primera vez me libré porque sonó el teléfono y se olvidó después. La segunda porque entraron sus compañeros de trabajo. No puedo esperar a un tercer golpe de suerte…

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