Capítulo 54: Revelaciones al Atardecer.

Los pensamientos de Marta iban a gran velocidad, dudando sobre si llamar o no al timbre del convento. Estaba nerviosa pensando si le abriría de nuevo la monja portera que le había atendido el día anterior. Sería bastante incómodo volver a preguntar por Sor Concepción con aquella monja tan seca y cortante.

Me voy a dar una vuelta a ver si me aclaro, pensó mientras decidía que hacer, porque se encontraba en mitad de un profundo y enorme mar de dudas.
—Voy a llamar por teléfono, será menos violento y quizás me venga bien el anonimato de que no me vea la cara.
—¿¡Diga?! —Sonó al otro lado del auricular casi sin que apenas diese el segundo tono.
—Hola, Buenas… ¿Estoy llamando al convento de las Dominicas? —Preguntó Marta para confirmar que había marcado el número correcto.
—Sí, este es. ¿En que le puedo ayudar? —contestó una voz bastante amable.
—¿Se puede poner Sor Concepción? —preguntó Marta tratando de simular que llamaba habitualmente.
Al otro lado hubo silencio.
—¿Hola?, ¿Está usted ahí? —preguntó Marta de nuevo pensando que se había cortado.
—¿Quién es usted? —preguntó de nuevo la voz amable, aunque esta vez muy seria y sin rastro de aquella amabilidad inicial.
—Soy Nuria, una amiga suya de Madrid —contestó Marta algo asustada.
—¿No sabe usted lo que ha sucedido con la hermana Concepción?.
—Me dijeron que estaba enferma, y por eso he llamado.
—Pues lamento comunicarle que ha fallecido —dijo la monja sin delicadeza alguna.
A Marta le entraron temblores en las piernas al escuchar el relato de la monja sobre el fallecimiento repentino de la hermana Concepción la mañana anterior. Trató de mostrar con su tono de voz que estaba muy afectada y le dio el pésame antes de terminar la llamada.
En cuanto colgó el teléfono tuvo que sentarse un minuto en un banco para asimilar la noticia. La monja que le había acompañado en su viaje a Barakaldo era la que había salido en ambulancia el día anterior. Y Josefa iba detrás llorando…
Ella lo tenía claro, Josefa era la que había matado a aquella monja, pero no sabía el por qué. El día del viaje parecían muy amigas en la parada que había hecho el bus en Burgos. Demasiada casualidad entre su aparición y la muerte de aquella monja.
Mientras cogía el autobús que la devolvería a Madrid sus pensamientos se balanceaban entre sus gemelos y su marido, y lo que había visto en Barakaldo. Que podría llevar a Josefa a matar a aquella monja, que era muy pesada, pero parecía buena persona…
Decidió que le contaría a Antonio este último descubrimiento cuando se vieran aquella misma noche. Si le llamaba ahora le iba a caer una buena bronca por no dejar estar el asunto de las monjas y haberlas llamado.
La tarde empezaba a caer y desde el autobús los árboles de los lados de la carretera parecía fantasmas agitando sus ramas por el viento. En el horizonte se veían nubes oscuras que presagiaban tormenta.
El móvil de Marta se iluminó en su regazo, y la vibración la despertó del letargo en el que estaba cayendo por el vaivén del vehículo.
Dos mensajes nuevos de whatsapp:
Enviados por: Josefa.Suegra Antonio.
—¿Qué hacías tú en Barakaldo?, ¡Maldita Zorra!.
—Si estás con Antonio llevarás su mismo destino. Os mataré a los dos.

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