Capítulo 52: Ana, las Flores y la Libreta.

Aquella mañana había empezado con buen pie y su ilusión no iba a dejar que se torciese. Satisfecho por lo que acababa de hacer, valiente por haber dado el paso de denunciar a Josefa, caminó hacia el hospital con aires renovados.
Estaba feliz con que Ana estuviese por fin despierta, y lo único que le preocupaba era pensar como le informaría de todo lo que había sucedido en su ausencia involuntaria.

Eran demasiadas cosas, y algunas destrozarían los cimientos de su vida, y Antonio no sabía muy bien por donde empezar. Hacer daño a Ana era lo último que quería, pero tenía claro que tenía que saber la verdad de sus orígenes y la maldad de su madre. Sus pensamientos se pararon un momento al decir la palabra madre, su madre adoptiva, mejor dicho.
Mientras cruzaba las puertas de cristal del hospital sus pensamientos rondaban el misterio de quien le había escrito aquella carta anónima y el video de Josefa. Había demasiados misterios por resolver y aquello no había terminado ni mucho menos, por mucho que se lo pareciese con el despertar de Ana.
Decidió ser cauteloso con ella y aclarar muchas de sus dudas antes de empezar a contarle nada de lo más difícil. Quizá la policía ayudaría a resolver aquellos misterios cuando detuviesen a Josefa. Su hermana estaba ayudándole y toda la familia sabía como se las gastaba su suegra. Las pruebas de que Josefa tenía un oscuro secreto sobre el origen de Ana estaban a buen recaudo. Todo iba a salir bien, resonaba en su cabeza, tratando de convencerse a sí mismo.
Ana estaba medio dormida y se sentía relajada al notar en su cara los rayos del sol que se colaban por la ventana. Se espabiló al sentir la caricia de Antonio en la frente y el roce en los labios de su barba.
—Buenos Días, princesa. Que guapa estás esta mañana.
—Eso se lo dirás a todas —sonrió pícara Ana mientras se incorporaba con dificultad.
—¿Cómo has pasado la noche?, ¿Has descansado?.
—Sí, he dormido casi toda la noche sin pesadillas, pero me sigo sintiendo agotada.
—Los médicos dicen que es normal después de un proceso como el que has vivido. Poco a poco mi amor, pasito a pasito —. Le dijo Antonio mientras sacaba de detrás de la espalda un ramo de flores.
Ana se sentó en la cama para recibirlas abriendo los brazos con la alegría de un niño que descubre las flores por primera vez.
—¡Son preciosas!, ¡Muchas gracias ! —dijo Ana mirándolas entusiasmada.
—Le darán un poco de alegría a esta habitación.
Pasaron dos horas charlando de la vida y recordando viejos momentos que parecían venir a la mente de Ana con mayor facilidad que los más recientes. Le pidió a Antonio que le trajera una libreta en la siguiente visita, porque quería apuntarse las cosas que le venían a la cabeza, para que después él le ayudase a recordar.
Pasó la Doctora Garmendia a hacer la revisión diaria y les transmitió los avances que estaba haciendo en apenas dos días, y que eran muy buenos. También les explicó que empezarían al día siguiente una rehabilitación que la ayudaría a volver a tener movilidad y ambos se alegraron mucho por tan buenas noticias.
De repente Ana cambió el gesto y preguntó a Antonio por algo que le acaba de venir a la cabeza:
—¿Y mi madre?, ¿Dónde está?…
Antonio se quedó blanco como la pared que tenía a su espalda. Aquella pregunta era la última que quería oír en aquel momento.
Al mismo instante, salvado por el destino, sonó el teléfono. Era su hermana Marta…

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