Capítulo 44: Al Borde del Precipicio.

Deyan se despidió de Antonio con un cariñoso abrazo de hermanos de sangre. Lo vivido en las últimas horas había estrechado su vínculo aún más de lo fuerte que ya era. Quedaron en verse al mediodía en casa de Adela y Miguel.
Antonio cerró la puerta y se derrumbó en el sofá. Llevaba un rato con un sentimiento dentro del pecho que le acongojaba y le daba muchas ganas de llorar.

Los últimos sucesos le tenían al borde del precipicio y ya no podía más. No sabía hasta cuando aguantaría todo lo que estaba viviendo. Sintió ganas de abandonarlo todo, de tirar la toalla y huir. No sabía muy bien a donde, ni de que manera. Tampoco sabía para qué, porque ya no podía más.
Lloró como un recién nacido, casi sin poder coger aire, dejando que la angustia recorriese cada centímetro de su interior, abandonándose a la rabia, la tristeza, los agobios y la vida.
Cuando se calmó un poco cogió un vaso de la cocina y se puso dos dedos de un whisky que tenía guardado para las ocasiones especiales. Volvió a sentarse en el sofá y paladeó el amargo sabor de aquel brebaje como si fuese un ansiolítico natural. Un escalofrío recorrió su espalda por la fuerza del alcohol y se sintió un poco reconfortado.
Necesitaba hablar con Ana, contarle como estaba, sentir su piel y mirarla a los ojos. Necesitaba cobijarse entre sus brazos, sentir la suavidad de su pelo, alegrarse el alma con su sonrisa aterciopelada.
Aquello era imposible en aquel momento, pero aún quedaba esperanza y se vistió con la intención de pasar la mañana con ella en el Hospital.
El teléfono de Antonio sonó tan fuerte que pegó un respingo en el sofá. Era su hermana Marta.
—Antonio, ¿estás sentado?—. Preguntó nada más cogerle.
—Sí, ¿Qué pasa?—. Contestó Antonio preparándose para un nuevo susto.
—No te vas a creer lo que acabo de ver—. Le dijo Marta.
Antonio escuchó con atención e incredulidad el relato de su hermana sobre Josefa, la ambulancia y el coche de policía. Le contó a Marta lo que había encontrado en la caja fuerte de Josefa y entre los dos ataron muchos cabos sueltos en los que no habían caído por falta de información. También le contó lo que había pasado con su trabajo y como estaba Deyan.
La conversación duró casi dos horas de reloj, pero a ambos les sirvió para ponerse al día y tranquilizarse.
Marta se despidió contándole que iba a ir al convento, aprovechando la ausencia de Josefa, para intentar hablar con la monja que le había acompañado en su viaje a Barakaldo. Antonio le pidió que tuviera mucho cuidado, y que le mantuviese informado de todo.
Antonio cogió la cartera y se marchó al hospital con ganas de ver a Ana y con mejor ánimo que al principio de la mañana.
Cuando llegó al hospital recordó el incidente con Josefa en las escaleras de acceso a las plantas, pero trató de desviar sus pensamientos hacia otras cosas, sin mucho éxito.
Al llegar al pasillo de la habitación la Doctora Garmendia salía de su despacho y le obsequió con una de su amplias y cálidas sonrisas.
—Que alegría verte Antonio, tengo una noticia para ti—. Le dijo la doctora con los ojos brillantes.
—¿De qué se trata?—. Le preguntó Antonio con gran curiosidad.
—El Doctor Smith llega esta tarde de Los Ángeles—. Contestó la doctora llena de emoción.
Antonio sonrió como no lo hacía desde antes del accidente y de repente le pareció que aquel podía ser un día con el cielo azul, sin nubes en el horizonte.

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