Capítulo 40: La Carpeta.

Antonio y Deyan recogieron las cosas que habían utilizado en casa de Josefa y dejaron todo tal y como estaba cuando entraron en busca de los secretos de la caja fuerte. Bajo el brazo de Antonio, la gruesa carpeta de los papeles de la adopción de Ana. Antonio la mantenía sujeta con fuerza y no la soltó ni para ponerse el cinturón al montar en la camioneta de Deyan.

Los gemelos de Marta y Deyan estaban al cuidado de Adela y Miguel, así que decidieron ir a casa de Antonio y tratar de organizar sus mentes y descansar un poco.
Por el camino a casa Antonio le contó a su cuñado que esa misma tarde le habían echado del trabajo, que estaba hundido. Se lamentaba con amargura de que el destino estaba en su contra desde el accidente de Ana, y que ya no sabía que más desgracias podían sucederle.
Deyan le escuchaba en silencio mientras conducía bajo la tromba de agua en dirección a su casa. A aquella hora no había ni un alma por las calles. Mientras escuchaba a Antonio pensaba en si aquella mala suerte era contagiosa, porque su vida también estaba poniéndose patas arriba. Preocupado por Marta y que sucedería mientras perseguía a aquella bruja, tuvo una idea.
Llegaron al piso de Ana y estaba frío y oscuro. Antonio puso en marcha la calefacción y encendió una pequeña lámpara y la TV del salón. Ahora ya se parecía algo más un hogar cualquiera.
Deyan se quedó parado en la entrada, con la mirada un poco perdida, a la espera de instrucciones. Antonio le dijo que se sintiera como en su casa, le ofreció de su propia ropa seca y le invitó a darse una ducha caliente mientras preparaba algo para cenar.
Deyan aceptó de buena gana y se metió en el baño convencido de que aquella ducha le reviviría un poco del jarro de agua fría que había recibido aquella tarde.
Habló con sus suegros y se quedó más tranquilo al escuchar a Adela decir que los gemelos estaban encantados en su casa. Adela le transmitió un mensaje de ánimo convencida de que el plan de Marta se había puesto en marcha. Ella era la única que sabía como estaba su hija y trató de consolar a su yerno con su dulce voz y cálidas palabras de apoyo.
Antonio dejó la carpeta en la mesa baja frente al sofá y se dirigió a la cocina en busca de algo que preparar para cenar. Unos sandwiches y un poco de ensalada serviría para salir del paso aquella noche.
Buscó ropa amplia en su armario para prestarle a Deyan y la dejó sobre la cama para su cuñado. Le pegó a la puerta del baño y sin abrir le avisó de que tenía ropa en la habitación.
A Antonio le pareció oír a Deyan hablar, pero siguió camino de la cocina, pensando en la carpeta de Josefa.
Deyan le dio las gracias pensando que aún estaría al otro lado de la puerta y continuó susurrando a su interlocutor al otro lado del teléfono. El sonido del agua de la ducha amortiguaba su voz, nadie podía enterarse de con quien estaba hablando.
Cuando terminó la ducha se puso la camiseta y los calzoncillos de Antonio y se reunió con este en el salón.
—Gracias por acogerme esta noche, cuñado—. Le dijo sonriente.
—He preparado un poco de cena, come algo, te vendrá bien—. Le contestó Antonio contento de tener a alguien más en casa.
Aquella noche Deyan durmió en el sofá como un bebé, agotado.
Antonio se leyó de cabo a rabo todos los papeles de la carpeta….

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