Capítulo 8: La taza voladora.

La visita a urgencias de Antonio fue más larga de lo esperado y nada le hizo sospechar lo que le esperaba.

El médico terminó de darle las instrucciones para que la herida de su brazo curase correctamente. Antonio cogió la receta que le daba el médico casi sin escucharle. En su cabeza no dejaba de resonar el “te mataré” de su suegra.

No sabía si iba en serio o fue fruto del calentón de rabia que le había entrado a Josefa, pero sus ojos no parecían hablar en broma. Antonio era mucho de mirar a los ojos, y aquellos ojos no le gustaron nada. Podría decirse que le asustaron aunque estuviese acostumbrado a ver la oscuridad que le transmitían cuando le miraba.

Salió del hospital pensando en la amenaza y preguntándose donde estaría su maldito teléfono móvil. Juraría que esta mañana lo había dejado en el mueble del recibidor después de despedir a Ana, pero cuando salió corriendo con el corte sangrando camino del hospital no lo encontró. Tampoco se paró a buscarlo porque bastante tenía con los nervios del corte, así que le dejó una nota a Ana en la cocina. No paraba de sangrar.

En Urgencias le tuvieron toda la mañana. Le recibieron con gasas, pero una vez que se calmó un poco el sangrado tuvo que esperar como el resto de pacientes que se encontraban en aquella sala de espera. ¿Sería por eso que se llamaban pacientes? Ironías del destino él se impacientaba sin remedio y también se preguntaba si debería terminar con la paciencia que gastaba con Josefa después del incidente.

El médico que le atendió no se creyó su versión de la taza de café voladora que cae al suelo y rebota cortándole en el brazo. Más que nada porque hubiera sido un rasguño en vez de un corte con seis puntos de sutura que tuvieron que revisar bien por si era o no muy profundo. Pero el médico tenía bastante con sus problemas y agobios laborales.

Después de cinco horas en urgencias Antonio se preguntó si Ana estaría ya en casa. Por la hora justo estaría entrando en el garaje de casa. Esperaba no haberle asustado demasiado con la nota en la cocina. Conociéndola se habría puesto nerviosa como un flan. Menos mal que llegaba casi a la misma hora a casa.

Entró en el piso y gritó el nombre de Ana sin obtener respuesta. Quizás aún no había llegado. Miró al reloj de la cocina que marcaba las 14:45h y pensó que quizás se retrasaba un poco. Así le daba tiempo a poner la mesa para comer juntos y alarmarla lo menos posible. Rompió la nota que seguía sobre la mesa y puso a calentar la comida.

A los pocos segundos sonó el teléfono fijo de casa. Se acercó a la sala y vió en la pantalla un número muy largo. Torció el gesto al descolgar y recibir la noticia. ¿Es usted Antonio? Su mujer Ana ha tenido un accidente de coche hace media hora y está aquí en el hospital. Debe venir cuanto antes, es grave.

Antonio, blanco, corrió.

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