Capítulo 4: Empezando mal la Semana.

Antonio no podría empezar la semana de peor forma. Su suegra le iba a visitar y eso nunca traía nada bueno.

Antonio era una persona muy tranquila en general, tenía que pasar algo muy gordo para que se alterarse. La paciencia era su virtud destacada, esa que todo el mundo veía en cuanto se conocían.Su suegra jugaba con él aprovechándose de aquello para manejarlo a su antojo. Le encantaba visitarlo cuando su hija estaba trabajando y trataba de sacarlo de sus casillas con comentarios mal intencionados. Luego cuando estaba delante era como un ángel caído del cielo, todo amor y ternura. Sólo Antonio conocía esa doble personalidad de su suegra, tenía al resto de los mortales muy engañados. Antonio prefería no seguirle el juego demasiado. Sabía que no era del agrado de su suegra, el marido que nunca hubiera elegido para su hija. Pero para él lo importante era hacer feliz a Ana y aquellas visitas de su suegra solían durar poco, se podían soportar con un poco de paciencia.

Aquella mañana sonó el timbre muy temprano. Apenas acababa de salir Ana por la puerta camino del curro y él estaba recogiendo el desayuno. Respondió al telefonillo y era sus suegra:

-Hola Antonio! Me invitas a un café?

-Claro que sí, sube! Le respondió cambiando el gesto, pero sin que se notara en su voz.

Corrió a la habitación a ponerse algo más que la camiseta que llevaba para dormir.

Ya le ocurrió una vez que estando tan tranquilo haciendo sus tareas de hogar apareció su suegra sin llamar al timbre y entró diciendo que llevaba un rato llamando. Aquel día tuvieron su primera discusión fuerte y agusto le hubiera quitado las llaves que tenía de casa, pero explicárselo a Ana le habría costado un disgusto.

La imagen angelical de su suegra la tenía bien cubierta frente a los desmanes que ella le hacía cada vez que podía.

Aquella mañana venía como un huracán de fuerza cinco. Entró por la puerta y a Antonio le pareció que incluso le habían salido cuernos de demonio. La sonrisa malvada presagiaba que había descansado bien la señora. Abrió la boca para criticar que Antonio le recibiese en pijama. Que si eres un dejado, que como no te aseas nada más levantarte, etc…Antonio la escuchaba como el eco en una cueva y pensando en la cara que hubiera puesto si le hubiera recibido sólo con la camiseta, como estaba. Se le escapó una sonrisa al pensarlo y la señora se le quedó mirando preguntándose que era tan gracioso.

Venía con la intención de tomarse un café y de amenazar a Antonio. Quería alejarlo de su hija y siempre buscaba algo con lo que chantajearle.

Esa mañana decidió que o buscaba un trabajo que a ella le gustase para estar al supuesto nivel de su hija o le diría que le había visto con otra mujer.

Antonio ese día no había descansado demasiado bien. Su trabajo en el servicio de limpieza de la ciudad le tenía muy quemado y sólo faltaba que su suegra le viniese de par de mañana tocando los cojones.

Ni corto ni perezoso le mandó a tomar por el culo con total tranquilidad:

-¡No te creerá maldita pécora!- Le soltó sin pestañear.

Ella se quedó patidifusa con la contestación, descolocada ante semejante adjetivo. No se hubiera esperado una respuesta así de Antonio ni en mil años.

La sangre estaba a punto de ebullición cuando Antonio le sonrió al verla descolocada. Ese puntito le faltaba para entrar en estado de ira y sin pensarlo ni un segundo le lanzó la taza de café que tenía en la mano.

El café salpicó en el brazo izquierdo de Antonio y mientras le abrasaba sintió que estaba en un sueño o algo así. Pero no era un sueño, el corte que le produjo la taza en el brazo sangraba mucho y con total realidad.

La señora agarró el bolso sin inmutarse ni sentirse culpable por su desafortunado ataque de ira. Pasó junto a Antonio que se llevaba la mano a la herida asustado y le susurró al oido:

-Este es el primer aviso. Como digas algo te mataré.- Sentenció.

Le miró con los ojos inyectados en sangre y salió disparada hacia la puerta como un fantasma que nunca estuvo allí.

Antonio corrió al baño a intentar parar la hemorragia pero no tenían ni una triste gasa. Pensó con rapidez y decidió que lo mejor era ir al hospital. Fingiría que había sido un accidente doméstico y luego ya vería como afrontar la amenaza de su suegra.

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