Capítulo 3: No Puedo con mi Jefe.

Hablemos de los tipos de jefes. Esa fauna laboral que puede llevarte al éxito o arrastrarte por el fango sin compasión.

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Después de un primer artículo en el que no sabía por donde empezar, ya me he decidido con el tema a abordar en este segundo. Voy a hablar de jefes, del mío y de muchos otros. Puede parecer un tema difícil porque hablar de tu jefe suele sonar a crítica, especialmente si no tienes un buen jefe, pero voy a ser valiente y hacer una crítica constructiva para que todos se sientan identificados.

Mi jefe es de esos antiguos que piensan que tu sueldo es suficiente compensación a tu trabajo y que sobran las buenas palabras, los gestos de ánimo o siquiera darte los buenos días por la mañana. También es de esos que si te ve hablando con el compañero te mirará mal, aunque tú estés preguntando algo relacionado con tu tarea, porque pensará que te estás distrayendo de tu trabajo. Si por el fuera pasarías las ocho, o mejor nueve, horas diarias sin levantar la cabeza del ordenador, sin internet y sin gente cerca con la que te puedas distraer un sólo segundo. Mi jefe es de esos de “la productividad se consigue a golpe de látigo”.

Yo cada mañana sueño al llegar a la oficina con estar entrando en la sede de Google, donde me siento realizada con mi trabajo. Donde aparte de un sueldo acorde a mi esfuerzo y responsabilidad saben premiarme con una sonrisa o una palabra de ánimo, que me haga sentirme rodeada de seres humanos. Personas que entienden que puedo tener hijos y una vida activa aparte de mis horas laborales. Jefes que entienden que colaborando con mis compañeros soy más productiva y que poder desconectar unos minutos en la cafetera no es el fin del mundo, porque entrego mis tareas a tiempo. Jefes que confían en mi profesionalidad y me motivan para sacar lo mejor de mí en positivo.

Dicen las leyendas urbanas que hay sitios donde funcionan de esta manera y son incluso más productivos que en mi oficina, pero yo no he tenido esa suerte. También conozco a gente que cuenta como en Europa te premian por hacer tu trabajo en tus horas y que no entienden que te quedes una hora más por amor al arte. Que si lo haces piensan que tienes algún problema que te impide hacer tu trabajo en siete horas diarias, sí, siete.

Mis compañeros dicen que soy una soñadora, que me paso de idealista, que en este país nunca funcionarán las cosas de esa manera. Me temo que sea cierto, pero seguiré soñando.

Hoy por fin he conseguido un ascenso en mi trabajo, por mis propios méritos, pero mi jefe no se ha alegrado especialmente por ello. De hecho creo que me ha dado el ascenso porque no le ha quedado otro remedio, porque ya no quedaba justificación para no dármelo. Su cara de ogro era un poema. Su amago de sonrisa ni ha llegado a poner en marcha sus músculos faciales.

Hoy estoy más feliz que unas castañuelas y salgo del trabajo en estampida como todos los días, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Salgo con la barbilla muy alta, creyéndome alguien de “Google” que es valorado por su aporte a la empresa. Alguien feliz con su trabajo. Una soñadora que por fin ha alcanzado su objetivo laboral. Me voy corriendo a contárselo a Antonio.

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