Capítulo 2: La Mejor Hora del Día.

Ana había conseguido por fin el ascenso que llevaba años soñando. Estaba tan excitada que no veía la hora de salir del trabajo para contárselo a Antonio…

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¡Por fin es la hora de salir! Ana cogió el bolso, la carpeta y salió corriendo al fichero como si le fuera la vida en ello. Ella era una entusiasta de su trabajo, pero también lo era de su vida familiar, de su vida social, de su vida con mayúsculas. Hace dos años tuvo un accidente de coche y le cambió el chip: Se salvó de la muerte por vuelta y media del coche, y por llevar el cinturón. Las únicas secuelas que le quedaron fueron un par de cicatrices después de la operación de rodilla y el pensamiento imborrable de que no era su hora. Había superado el miedo a volver a conducir y a no pensar que otro loco se volvería a cruzar en su camino, pero de vez en cuando le daba el vértigo al llegar a las rotondas.

Desde entonces cada minuto de la vida era exprimible al máximo y trataba de aprovechar el presente. Fichó en cuanto el reloj marcó las 14:00h, ni un segundo más tarde. El mundo le esperaba fuera, sin planes cuadriculados, pero sin pausa.

Arrancó el coche y metió primera. En apenas 20 minutos llegaría a su lujoso apartamento donde le esperaban Antonio y Rayo. Estaba deseando verles y contarles que hoy por fin, después de 17 años en la misma empresa, su jefe le había dado la enhorabuena por conseguir un cliente muy difícil y se sentía eufórica por ello.

Aparcó en la misma acera de su casa y marcó el numero 3 de la botonera del ascensor. Las puertas se tomaron su tiempo para cerrarse, o a ella le pareció una eternidad, y por fin empezó a elevarse.

Mientras tanto sus pensamientos iban de norte a sur en micras de segundo por su cerebro. No sabía ni por donde empezar la historia del que sería su ascenso laboral más deseado, y que por fín se iba a materializar.

Abrió la puerta de casa casi sin darse cuenta de que sólo estaba cerrada de golpe, sin vuelta de llave. Antonio era muy maniático de dejar siempre una vuelta de llave cuando estaban en casa. Corrió por el pasillo hasta la puerta de la cocina con una sonrisa de oreja a oreja. No encontró a Antonio en su interior, como también era lo habitual, y se quedó seca al ver una nota encima de la mesa donde solían comer.

La nota le cambió el gesto antes siquiera de leerla, no por lo que ponía, que desde el dintel de la puerta era incapaz de distinguir, sino por la mancha oscura que tenía impresa.

Era una huella ensangretada.

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