Luz Roja

Ana leyó la nota ensangrentada y salió corriendo a coger el coche. La prisa le llevó casi sin pensar de camino a un destino incierto.

Ana leyó la nota y un resorte anuló la euforia del ascenso convirtiéndose en una rápida reacción de emergencia. Dejó la carpeta y cogió las llaves del coche. Bajó al garaje todo lo rápido que le dieron los pies. Montó en el coche y arrancó sin apenas pensar. Sabía de maravilla el camino al hospital porque quedaba cerca de su trabajo. No entendía como Antonio no le había llamado o mandado un whatsapp en vez de dejarle una nota.

Espero que no sea demasiado grave, pensó mientras se ponía primera en el semáforo de una intersección. El coche que iba a su lado avanzó sin esperar a que se terminara de poner en verde y Ana aceleró sin fijarse siquiera en el color rojo que aún brillaba. El coche que iba a su lado frenó apenas unos centimetros más adelante, manías que tiene la gente con prisa.

Ana no vió venir al camión de la basura que cruzaba por la intersección en el momento en el que ella la cruzaba sin mirar. El golpe desplazó el coche más de 50 metros y dejó el lateral del copiloto arrugado como una pasa. Atrapada en el amasijo de hierros Ana perdió el conocimiento casi al instante. 

El sonido de las sirenas de las ambulancias le despertó sin saber muy bien que hacía allí. Aturdida intentó soltarse de algo que le sujetaba la pierna derecha, pero le resultó imposible. Miró hacia abajo y vió que estaba cubierta de sangre y cristales. De repente una voz de hombre le habló desde la ventanilla. Giró la cabeza sin oir por el zumbido de los oidos y se volvió a desmayar.

Los bomberos sacaron a Ana de los amasijos de hierro y la montaron en la ambulancia que había acudido al espectacular accidente. Tenía la pierna derecha fracturada, muchas heridas por todo el cuerpo y no era capaz de recuperar el conocimiento, aunque aún respiraba. Le pusieron en la camilla y la metieron dentro sin perder un minuto.

Varios policias preguntaban a los peatones que se arremolinaban junto al arcén por lo que acababan de presenciar. Era una chica joven, se saltó el semáforo aún en rojo, el camión no frenó a tiempo….

Junto a los peatones curiosos que miraban atónitos como la grúa elevaba lo que había quedado del coche de Ana se encontraba Martín, un vecino de Ana y Antonio que aún no se podía creer que el accidente estuviese protagonizado por su vecina. Esa misma mañana se había encontrado con su madre al salir de la farmacia y habían estado hablando tan tranquilos. En apenas unas horas todo estaba patas arriba y se preguntaba si Ana estaría viva o no.

Llamó al teléfono de Antonio para avisarle de lo ocurrido hacía unos segundos. El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura. Mierda, no estaba disponible.

El ATS de la ambulancia encontró el teléfono de Ana en el bolso de camino al hospital. Buscó en la Agenda un contacto que tuviese la doble A, de aviso en caso de Emergencia y marcó el número de Antonio. El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura en este momento….

Una Señora De Bien

Josefa nació en una familia de buena posición en una época en la que la educación era estricta y conservadora.

Josefa Bengoetxea nació en Barakaldo y sus primeros años fueron dirigidos por las hermanas Dominicas. Su carácter se forjó a base de disciplina y muchas hostias, de las consagradas y de las que duelen, en los pasillos de aquel colegio de niñas.

Tenía unos valores muy estrictos consigo misma y esperaba lo mismo de los demás, aunque no era habitual que lo segundo le satisficiera  nunca. la gente es muy vaga y mal educada, solía decirse a sí misma. Lo que nunca hacía era decirlo delante de nadie. Las monjas le grabaron a fuego que tenía que ser dulce y agradable, discreta y dócil, pero la sangre de los Bengoetxea era fuerte y circulaba brava por sus venas. El autocontrol era uno de sus mayores orgullos y calmaba a rajatabla las ganas de “adecentar” a la gente a hostia limpia, como ella misma aprendió.

Bajo una apariencia de gatito inocente fue creciendo y cumpliendo años. Cuando llegó a la adolescencia su padre le encontró un novio a la altura de una señorita elegante y disciplinada. Una señorita que sabía coser, lavar, planchar y llevar la economía de una casa con técnica depurada. Ella tenía muchos planes en su cabeza, algunos bastante aventureros, pero se dejó llevar.

El novio y por qué no decirlo, futuro marido, era un hijo de militares que había sufrido una infancia parecida a la suya en cuanto a educación estricta y valores morales. En cambio tenía un carácter mucho más suave que el de ella, y a veces era difícil controlar ese carácter libre y disperso. Pero llegó Josefa para adecuarlo a su gusto y convertirlo en un marido que le diera la categoría que ella tenía. Las circunstancias laborales de Ramón los llevaron de Barakaldo a Madrid y Josefa siguió siendo dueña y señora de su hogar en Madrid tanto como en Barakaldo.

Los años fueron pasando y del matrimonio sólo pudo salir una hija, Ana. A Josefa le hubiera gustado tener muchos hijos, como manda Dios, pero después de dos embarazos que no llegaron a buen puerto, decidieron que tendrían que centrarse sólo en Ana. Y Ana fue el ojito derecho de su padre y el ojito derecho de su madre, dos ojitos derechos que la pobre Ana tuvo que lidiar cómo mejor pudo y supo. Los mejores colegios privados católicos para su educación infantil y la mejor universidad católica para sus años mozos. Su padre le consentía todo y su madre al contrario, pero manipulando, para que no lo pareciera.

Josefa no podía dejar que su desliz con Antonio fuera más lejos de las cuatro paredes del piso en el que vivía con Ana. Ana no podía enterarse y la salida del tiesto de Antonio le hacia desconfiar del control que mantenía hasta aquel día. Así que se dirigió a la farmacia de su amiga de la infancia con claras intenciones. Aun llevaba el paso rápido tras salir a toda velocidad del piso de su hija y su yerno, así que se sentó dos minutos en un banco antes de entrar en la farmacia.

Repasó mentalmente lo sucedido minutos antes y entornó los ojos mientras se encomendaba a la Virgen del Rosario…

Empezando mal la semana

Antonio no podría empezar la semana de peor forma. Su suegra le iba a visitar y eso nunca traía nada bueno.

Antonio era una persona muy tranquila en general, tenía que pasar algo muy gordo para que se alterarse. La paciencia era su virtud destacada, esa que todo el mundo veía en cuanto se conocían.Su suegra jugaba con él aprovechándose de aquello para manejarlo a su antojo. Le encantaba visitarlo cuando su hija estaba trabajando y trataba de sacarlo de sus casillas con comentarios mal intencionados. Luego cuando estaba delante era como un ángel caído del cielo, todo amor y ternura. Sólo Antonio conocía esa doble personalidad de su suegra, tenía al resto de los mortales muy engañados. Antonio prefería no seguirle el juego demasiado. Sabía que no era del agrado de su suegra, el marido que nunca hubiera elegido para su hija. Pero para él lo importante era hacer feliz a Ana y aquellas visitas de su suegra solían durar poco, se podían soportar con un poco de paciencia.

Aquella mañana sonó el timbre muy temprano. Apenas acababa de salir Ana por la puerta camino del curro y él estaba recogiendo el desayuno. Respondió al telefonillo y era sus suegra:

-Hola Antonio! Me invitas a un café?

-Claro que sí, sube! Le respondió cambiando el gesto, pero sin que se notara en su voz.

Corrió a la habitación a ponerse algo más que la camiseta que llevaba para dormir.

Ya le ocurrió una vez que estando tan tranquilo haciendo sus tareas de hogar apareció su suegra sin llamar al timbre y entró diciendo que llevaba un rato llamando. Aquel día tuvieron su primera discusión fuerte y agusto le hubiera quitado las llaves que tenía de casa, pero explicárselo a Ana le habría costado un disgusto.

La imagen angelical de su suegra la tenía bien cubierta frente a los desmanes que ella le hacía cada vez que podía.

Aquella mañana venía como un huracán de fuerza cinco. Entró por la puerta y a Antonio le pareció que incluso le habían salido cuernos de demonio. La sonrisa malvada presagiaba que había descansado bien la señora. Abrió la boca para criticar que Antonio le recibiese en pijama. Que si eres un dejado, que como no te aseas nada más levantarte, etc…Antonio la escuchaba como el eco en una cueva y pensando en la cara que hubiera puesto si le hubiera recibido sólo con la camiseta, como estaba. Se le escapó una sonrisa al pensarlo y la señora se le quedó mirando preguntándose que era tan gracioso.

Venía con la intención de tomarse un café y de amenazar a Antonio. Quería alejarlo de su hija y siempre buscaba algo con lo que chantajearle.

Esa mañana decidió que o buscaba un trabajo que a ella le gustase para estar al supuesto nivel de su hija o le diría que le había visto con otra mujer.

Antonio ese día no había descansado demasiado bien. Su trabajo en el servicio de limpieza de la ciudad le tenía muy quemado y sólo faltaba que su suegra le viniese de par de mañana tocando los cojones.

Ni corto ni perezoso le mandó a tomar por el culo con total tranquilidad:

-¡No te creerá maldita pécora!- Le soltó sin pestañear.

Ella se quedó patidifusa con la contestación, descolocada ante semejante adjetivo. No se hubiera esperado una respuesta así de Antonio ni en mil años.

La sangre estaba a punto de ebullición cuando Antonio le sonrió al verla descolocada. Ese puntito le faltaba para entrar en estado de ira y sin pensarlo ni un segundo le lanzó la taza de café que tenía en la mano.

El café salpicó en el brazo izquierdo de Antonio y mientras le abrasaba sintió que estaba en un sueño o algo así. Pero no era un sueño, el corte que le produjo la taza en el brazo sangraba mucho y con total realidad.

La señora agarró el bolso sin inmutarse ni sentirse culpable por su desafortunado ataque de ira. Pasó junto a Antonio que se llevaba la mano a la herida asustado y le susurró al oido:

-Este es el primer aviso. Como digas algo te mataré.- Sentenció.

Le miró con los ojos inyectados en sangre y salió disparada hacia la puerta como un fantasma que nunca estuvo allí.

Antonio corrió al baño a intentar parar la hemorragia pero no tenían ni una triste gasa. Pensó con rapidez y decidió que lo mejor era ir al hospital. Fingiría que había sido un accidente doméstico y luego ya vería como afrontar la amenaza de su suegra.

No Puedo con mi Jefe

Hablemos de los tipos de jefes. Esa fauna laboral que puede llevarte al éxito o arrastrarte por el fango sin compasión.

Después de un primer artículo en el que no sabía por donde empezar, ya me he decidido con el tema a abordar en este segundo. Voy a hablar de jefes, del mío y de muchos otros. Puede parecer un tema difícil porque hablar de tu jefe suele sonar a crítica, especialmente si no tienes un buen jefe, pero voy a ser valiente y hacer una crítica constructiva para que todos se sientan identificados.

Mi jefe es de esos antiguos que piensan que tu sueldo es suficiente compensación a tu trabajo y que sobran las buenas palabras, los gestos de ánimo o siquiera darte los buenos días por la mañana. También es de esos que si te ve hablando con el compañero te mirará mal, aunque tú estés preguntando algo relacionado con tu tarea, porque pensará que te estás distrayendo de tu trabajo. Si por el fuera pasarías las ocho, o mejor nueve, horas diarias sin levantar la cabeza del ordenador, sin internet y sin gente cerca con la que te puedas distraer un sólo segundo. Mi jefe es de esos de “la productividad se consigue a golpe de látigo”.

Yo cada mañana sueño al llegar a la oficina con estar entrando en la sede de Google, donde me siento realizada con mi trabajo. Donde aparte de un sueldo acorde a mi esfuerzo y responsabilidad saben premiarme con una sonrisa o una palabra de ánimo, que me haga sentirme rodeada de seres humanos. Personas que entienden que puedo tener hijos y una vida activa aparte de mis horas laborales. Jefes que entienden que colaborando con mis compañeros soy más productiva y que poder desconectar unos minutos en la cafetera no es el fin del mundo, porque entrego mis tareas a tiempo. Jefes que confían en mi profesionalidad y me motivan para sacar lo mejor de mí en positivo.

Dicen las leyendas urbanas que hay sitios donde funcionan de esta manera y son incluso más productivos que en mi oficina, pero yo no he tenido esa suerte. También conozco a gente que cuenta como en Europa te premian por hacer tu trabajo en tus horas y que no entienden que te quedes una hora más por amor al arte. Que si lo haces piensan que tienes algún problema que te impide hacer tu trabajo en siete horas diarias, sí, siete.

Mis compañeros dicen que soy una soñadora, que me paso de idealista, que en este país nunca funcionarán las cosas de esa manera. Me temo que sea cierto, pero seguiré soñando.

Hoy por fin he conseguido un ascenso en mi trabajo, por mis propios méritos, pero mi jefe no se ha alegrado especialmente por ello. De hecho creo que me ha dado el ascenso porque no le ha quedado otro remedio, porque ya no quedaba justificación para no dármelo. Su cara de ogro era un poema. Su amago de sonrisa ni ha llegado a poner en marcha sus músculos faciales.

Hoy estoy más feliz que unas castañuelas y salgo del trabajo en estampida como todos los días, pero con una sonrisa de oreja a oreja. Salgo con la barbilla muy alta, creyéndome alguien de “Google” que es valorado por su aporte a la empresa. Alguien feliz con su trabajo. Una soñadora que por fin ha alcanzado su objetivo laboral. Me voy corriendo a contárselo a Antonio.

La Mejor Hora del Día

Ana había conseguido por fin el ascenso que llevaba años soñando. Estaba tan excitada que no veía la hora de salir del trabajo para contárselo a Antonio…

¡Por fin es la hora de salir! Ana cogió el bolso, la carpeta y salió corriendo al fichero como si le fuera la vida en ello. Ella era una entusiasta de su trabajo, pero también lo era de su vida familiar, de su vida social, de su vida con mayúsculas. Hace dos años tuvo un accidente de coche y le cambió el chip: Se salvó de la muerte por vuelta y media del coche, y por llevar el cinturón. Las únicas secuelas que le quedaron fueron un par de cicatrices después de la operación de rodilla y el pensamiento imborrable de que no era su hora. Había superado el miedo a volver a conducir y a no pensar que otro loco se volvería a cruzar en su camino, pero de vez en cuando le daba el vértigo al llegar a las rotondas.

Desde entonces cada minuto de la vida era exprimible al máximo y trataba de aprovechar el presente. Fichó en cuanto el reloj marcó las 14:00h, ni un segundo más tarde. El mundo le esperaba fuera, sin planes cuadriculados, pero sin pausa.

Arrancó el coche y metió primera. En apenas 20 minutos llegaría a su lujoso apartamento donde le esperaban Antonio y Rayo. Estaba deseando verles y contarles que hoy por fin, después de 17 años en la misma empresa, su jefe le había dado la enhorabuena por conseguir un cliente muy difícil y se sentía eufórica por ello.

Aparcó en la misma acera de su casa y marcó el numero 3 de la botonera del ascensor. Las puertas se tomaron su tiempo para cerrarse, o a ella le pareció una eternidad, y por fin empezó a elevarse.

Mientras tanto sus pensamientos iban de norte a sur en micras de segundo por su cerebro. No sabía ni por donde empezar la historia del que sería su ascenso laboral más deseado, y que por fín se iba a materializar.

Abrió la puerta de casa casi sin darse cuenta de que sólo estaba cerrada de golpe, sin vuelta de llave. Antonio era muy maniático de dejar siempre una vuelta de llave cuando estaban en casa. Corrió por el pasillo hasta la puerta de la cocina con una sonrisa de oreja a oreja. No encontró a Antonio en su interior, como también era lo habitual, y se quedó seca al ver una nota encima de la mesa donde solían comer.

La nota le cambió el gesto antes siquiera de leerla, no por lo que ponía, que desde el dintel de la puerta era incapaz de distinguir, sino por la mancha oscura que tenía impresa.

Era una huella ensangretada.

Que difícil es comenzar un Blog

He hecho muchas cosas difíciles en mi vida, pero ninguna como comenzar a escribir un blog. Quizás resulte una frase rotúndamente exagerada, pero daré mis explicaciones para que se entienda.

Soy una persona muy perfeccionista y eso me lleva a considerar muy dificil comenzar a escribir un blog. La primera piedra en mi camino del blog es decidir sobre que temática escribiré. Con tanta competencia en el mundo de internet encontrar una temática y un estilo que te diferencie del resto, o que te aporte la visibilidad deseada, es muy dificil. Si hay alguien que considere que no es para tanto que me deje un comentario y hablamos. Adoro discutir, en positivo.

Si eliges hablar de temas laborales quizás aciertes, o quizás seas uno más y te vuelvas loco cada vez que vayas a escribir y encuentres que ya hay cientos de blogs que se te han adelantado. No quiero que suene pesimista pero prefiero tener los pies en la tierra.

Si eliges hablar de temas personales quizás encuentres más inspiración hablando de ti mismo, pero te entrará un poco de miedo cuando te des cuenta de que te estás “desnudando” ante un público sin que apenas te conozcan. Sentirme vulnerable es algo que me aterra.

Al final me encuentro como al principio: ¿De qué hablar?, ¿Gustará a mis lectores?, ¿Tendré lectores?…Es una aventura arriesgada y te sorprenderá a cada paso, pero me quedo con lo que considero más importante de todo, disfrutarlo.

Espero que este blog tenga una larga vida y nunca me canse de escribir en él. Para saber la temática tendrás que leer un poco más. Agradezco la oportunidad. Si algún día me canso, espero que me entiendas, procuraré que haya una razón de peso. Que tire la primera piedra el que nunca empezó un blog y no pasó de la primera entrada.

A partir de este artículo prometo hacer entradas más divertidas y amenas, es que el primer artículo de un blog es el más dificil ;-)¿O no? Espero que me perdoneis.

Muy Prontico Novedades

Vuelve pronto que la magia está en proceso y un montón de cosas interesantes van a aparecer por aquí. Estoy ultimando todos los detalles. Gracias por visitarme!

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